Teotihuacan y la fugacidad de la vida

Subir a las pirámides de Teotihuacan no fue fácil para mí; sentarme a la orilla lo fue menos. Al principio menosprecié su altura: "las recordaba más grandes", dije. Y me tragué mis palabras cuando tuve que emprender el ascenso. Con el tiempo he perdido la condición física y he ganado una acrofobia que me puede fastidiar muchas experiencias.

Cuando llegué a la cúspide de la Pirámide del Sol y fijé la vista en un sólo punto, disminuyó el intenso temor a mirar hacia abajo, la sudoración de mis manos y la inquietud que me provocaba la altura. Empecé a disfrutar la vista y a sentir calma. Comencé a pensar y a recordar... Dicen que recordar es el mejor modo de olvidar

Una de mis memorias más vívidas de esta zona arqueológica contiene a una multitud que se empujaba entre sí para cargarse de energía al tocar una pequeña piedra en la cúspide de la Pirámide del Sol. Hoy sé que la energía es responsabilidad de cada uno de nosotros; somos los únicos dueños de nuestros pensamientos y deseos, de lo que atraemos o dejamos en la vida.

La masa de gente, la longitud de la Calzada de los Muertos, la intensidad del sol, la altura de las pirámides... Todo te hace sentir pequeño, insignificante. Y aunque fue tu elección estar ahí, el momento puede salirse de tus manos.

En Teotihuacan me di cuenta de lo fugaz que puede ser la vida... Estas construcciones llevan siglos de pie, ¡y el humano vive sólo unas cuantas décadas! Somos pequeños, ¿pero qué podemos hacer para ser grandes? Nuestra vida y el rumbo que tome depende únicamente de nosotros; somos los encargados de trazar el camino que seguiremos y tenemos poco tiempo para hacerlo.

Así que pregúntate: ¿qué estás haciendo para disfrutar la vida?





Cristina Pérez

Licenciada en Comunicación. Aprendiz de Mercadotecnia. Soy fan de las gomitas y el helado de Oreo. Me gustan las historias que inspiran.

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